Como muestra de agradecimiento, Crato le dice a Serapis que puede pedirle lo que quiera y le será otorgado. El anciano le pide que le devuelva el medallón que le quitó años atrás cuando comenzó a chantajearlo para que le prestara sus servicios. El Gran Crat conduce a Serapis a través de una puerta secreta en el laboratorio, y es cuando el sabio atlante comprende que ha sido engañado; aunque bien es cierto que lo ha llevado al sitio donde está el medallón, el tirano lo ha entregado de nuevo a la Cratotaura, de cuyo cuello pende el preciado objeto. Crato ríe maliciosamente, se despide de Serapis para siempre y abandona el laboratorio.
De regreso en el salón del trono, el Gran Crat llama a Zaribio y le ordena que le traiga a los Caralisas y a los Mastines; después de ver la cobardía de los soldados ante la Cratotaura, no puede confiar en nadie más para el plan que tiene preparado. El espía reune a los asesinos encapuchados y a los sabuesos humanos ante su amo, quien les ordena que se dirijan a Barakoa y le traigan la cabeza de Orión. Antes de partir, Zaribio recibe una última advertencia:
"Zachar fracasó... espero que no sigas su ejemplo!"
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