El pequeño se pone de pie con las últimas fuerzas que le quedan y casi arrastrándose camina hacia las cristalinas aguas que se posan frente a él; pero Orión no ve nada, solo arena... Ramín es víctima de un cruel espejismo. En lugar de sumergirse en las aguas de un manantial, el niño comienza a hundirse lentamente y comprende que ha caido en una trampa mortal: arenas movedizas.
Ramín batalla vigorosamente las arenas, mientras Orión le grita que no se mueva y se lanza a su rescate. Afortunadamente el atlante es capaz de salvar a su amigo en el último instante, pero los dos están mucho más allá del agotamiento, y Ramín finalmente pierde el sentido.
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