Orión continúa resistiendose a la idea que la imagen frente a él es real, y se arrastra en la arena para tratar de comprobarlo, pero el ardiente sol y el agotamiento impiden que pueda coordinar sus movimientos por más tiempo; sin un aliento más en su cuerpo, el atlante finalmente se desploma inconsciente.
Un tiempo indefinido pasa y Orión abre sus azules ojos; ha comenzado a atardecer y el calor ha bajado. Cuando trata de moverse, el atlante se da cuenta que no puede, su cuerpo parece no responder. Le toma un momento para ubicarse y es entonces cuando comprende que está sepultado hasta el cuello en las arenas del desierto. Cuando mira a su alrededor, Orión ve que no está solo; hay más hombres alrededor suyo en la misma situación, pero no ve a Ramín. Luego escucha el relinchar de caballos y al levantar su mirada ve a un grupo de jinetes con espada en mano preparándose para decapitarlo a él y a los demás prisioneros.
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