Incrédulo a las palabras de su amorfo acompañante, Asuramaya intenta clavarle una daga en el pecho al faraón para demostrarle que está muerto, pero para su sorpresa y la de Siriaco quien comienza a gritar aterrorizado, Atenhotep abre sus ojos y agarra al embajador asura por la garganta para ahorcarlo. Atenhotep lanza al anciano al suelo y se levanta de la losa en la que reposaba para tratar de estrangularlo de nuevo. Asuramaya comienza a sentir como su cuello está a punto de quebrarse, mientras Atenhotep jura que lo castigará.
Contrario a lo sospechado, el faraón no murió cuando Kafunga lo atacó, sino que quedó en estado catatónico hasta ahora que logró reaccionar; pero para desgracia suya, Siriaco por fin tiene el coraje suficiente para apuñalarlo por la espalda, y al liberarse, Asuramaya lo remata. Siriaco termina de revisar las vestiduras y encuentra una porción del plano que conduce a la ubicación del tesoro. Una vez el par de profanadores tienen lo que vinieron a buscar, abandonan la casa de la muerte y dejan el cuerpo del faraón Atenhotep tirado en el suelo después de haber sido asesinado por segunda vez.
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